El dilema

No me gusta nada hablar de mis clientes, aunque sea sin poner nombre y apellidos. Siento que aunque diga Fulanito hace esto o Menganita hace lo otro estoy faltando a la confianza que han depositado en mí. Pero el caso de Carmen (que no es su nombre real) supera al de cualquier cliente que haya tenido hasta ahora. Y me encuentro ante un dilema difícil de resolver.

Pero antes de nada debo explicar que tengo una empresa de Servicios de corrección de documentos. Bueno, en realidad la empresa soy yo, aunque por el creciente volumen de trabajo de los últimos años he tenido a contratar colaboradores eventuales. Carmen llegó un día a la oficina por mediación de una amiga común. Ella es médico pero desde hace un tiempo está tratando de triunfar en el mundo de la novela. Y digo triunfar porque su objetivo no es escribir bien, sino vender y punto.

En este sentido no es nada nuevo ni original. Conozco decenas de personas que llegan a la literatura de forma accidental, sin una vocación, simplemente con el deseo de hacerse un nombre rápido en un género muy concreto (generalmente thriller, novela negra o fantasía) y dar la campanada con una trilogía. Muchos sueñan con esa trilogía que entusiasme a un productor de cine o televisión y…

Pero antes de comprarse un barco con el dinero de los derechos televisivos de la trilogía hay que conocer dos o tres reglas sobre escribir. Y ese es el paso que a menudo cuesta dar. Cuando ofrezco Servicios de corrección de documentos siempre aclaro que voy con la verdad por delante, pero esto no es verdad… sobre todo en el ámbito editorial. Si les dijese la verdad a todos mis clientes, me quedaría sin ellos. Lo que digo siempre es una verdad a medias que permita a los clientes tratar de mejorar y que me permita a mí pagar las facturas.

Pero con Carmen tal vez tenga que hacer una excepción y decir la verdad pura y dura. Porque todos nos ahorraríamos mucho tiempo, aunque yo perdiese algo de dinero por el camino.