Siempre que voy a Santiago de Compostela me pasa lo mismo: antes incluso de entrar en la ciudad ya empiezo a ponerme tenso pensando en dónde voy a aparcar. Y no exagero. He dado tantas vueltas por sus calles estrechas, he sufrido tantos atascos inesperados y he visto tantos coches haciendo maniobras imposibles, que un día decidí poner fin al sufrimiento. Desde entonces, cada vez que voy, dejo el coche directamente en un parking Santiago. Y, sinceramente, ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.
Recuerdo perfectamente la última vez que intenté aparcar “a la aventura”. Eran las once de la mañana, un día aparentemente tranquilo. Me dije que quizá tendría suerte. Qué ingenuidad. Entré por una de las avenidas principales y a los dos minutos ya estaba metido en un carrusel de rotondas, calles en obras y coches que parecían aparecer de la nada. Para cuando había dado tres vueltas por la misma manzana, ya estaba sudando y jurándome a mí mismo que no volvería a pasar por eso.
Ahí fue cuando descubrí la magia de los parkings. Me metí en uno casi por desesperación, pero al bajar del coche sentí un alivio inmediato. No solo porque finalmente había aparcado, sino porque ya no tenía que pensar más en el coche. No tenía que mirar el reloj por si el estacionamiento era zona azul, ni preocuparme por si alguien me rayaba la puerta intentando aparcar a 20 centímetros. Nada. Mi única misión era disfrutar de Santiago.
Y lo curioso es que, desde ese día, ya no concibo la ciudad de otra manera. Para mí, dejar el coche en un parking se ha convertido en el inicio natural de la visita. Bajo la rampa, aparco, y cuando salgo a la calle siento que empiezo un pequeño ritual. Camino sin prisas hacia el casco histórico, me dejo llevar por las callejuelas, escucho los gaiteros en la Praza do Obradoiro, entro en algún bar a tomar un café… Todo sin el estrés previo de estar pendiente del coche.
A veces pienso que quizá exagero, que debería volver a intentarlo. Pero luego recuerdo las calles empinadas, los semáforos traicioneros y ese tráfico que siempre parece ir contrarreloj, y se me pasa.
Así que sí, lo admito sin pudor: cuando voy a Santiago, aparcar es imposible para mí. Y por eso dejo el coche en un parking. Es mi forma de empezar la visita con buen pie… y de mantener mi cordura intacta.