¿Por qué me gustan tanto las islas? Seguro que hay una buena explicación psicológica para esta afición tan mía. Porque cuando pienso en destinos para viajes, lo primero que me viene a la cabeza siempre es una isla. Y si voy a un país o una zona en la que nunca he estado, siempre tiendo a mirar a ver qué islas puedo conocer en dicho destino.
Todo esto lo iba pensando en el barco cies en un nuevo viaje a este paraíso gallego. Siempre que puedo, me acerco a alguna de las islas atlánticas. Como las tengo cerca, me resulta más fácil. Y en ellas encuentro esa paz que solo siento cuando estoy en una isla. No hace falta que sea desierta, pero sí un poco solitaria. Es decir, mi prototipo de isla, por poner otro ejemplo, no es tanto la Ibiza festiva, sino la Ibiza de interior, a la que aún no llega la música de los pinchadiscos.
Pero antes que islas grandes como el caso de Ibiza, me gustan las pequeñas. Y eso creo que sí debe tener una explicación abiertamente psicológica. Como si mi mente necesitase abarcar de forma clara los límites de la isla. Porque, claro, no es lo mismo Madagascar que la isla de Onza, una de esas islitas que he conocido tomando el barco cíes.
Por eso ya me quedan pocas islas pequeñas en España sin conocer. Por ejemplo, uno de mis primeros objetivos en mis queridas Canarias fue La Graciosa, esa isla al norte de Lanzarote en la que solo hay un semáforo. Para alguien como yo que pasa buena parte del año en Madrid, donde los semáforos son como los robles en Galicia, pasar una temporada sin escuchar el claxon de ningún coche es el paraíso.
Y entiendo que eso es lo que mi cerebro busca en las islas pequeñas: un retiro espiritual, un lugar en el que poner el piloto automático y no tener que estar mirando de reojo en todas direcciones como me sucede en mi vida más rutinaria. Y eso es lo que pienso camino de las Cíes, una vez más, en descansar cuerpo y mente y recargar las pilas.