Conduzco por las carreteras de Pontedeume desde hace años, y si algo he aprendido es que el clima aquí no da tregua. La lluvia se cuela en cada rincón, las curvas se vuelven traicioneras y el asfalto, a veces, parece conspirar contra mí. Hace poco, mientras manejaba por la costa con ese olor a salitre metiéndose por la ventanilla, noté que el coche no respondía como antes. Un leve desliz en una curva me hizo pisar el freno con más fuerza de la necesaria, y ahí lo supe: era hora de cambiar neumáticos Pontedeume. No es solo una cuestión de mantenimiento, sino de supervivencia en estas rutas que conozco como la palma de mi mano. Los neumáticos son mi conexión con la carretera, y cuando pierden su magia, todo cambia.
No siempre fui tan consciente de esto. Al principio, pensaba que bastaba con revisar la presión de vez en cuando o esperar a que el dibujo se desgastara del todo. Pero con el tiempo, y tras alguna que otra charla con mecánicos de la zona, entendí que el desgaste no es solo lo que se ve. La goma se endurece, pierde elasticidad, y aunque el dibujo parezca decente, el agarre se esfuma. Aquí, donde las mañanas húmedas son la norma y las hojas mojadas cubren el pavimento en otoño, no me la juego. Si tardo demasiado en cambiarlos, el riesgo no es solo mío, sino también de quienes van conmigo o de los que vienen de frente en esas carreteras estrechas que serpentean hacia Ferrol.
Hay señales que no fallan, y las he ido descubriendo a base de experiencia. Si el volante vibra más de lo habitual o si al frenar siento que el coche tarda en reaccionar, sé que algo no va bien. En invierno, cuando las temperaturas bajan, me fijo aún más, porque el frío afecta a la goma y la hace menos efectiva. No hace falta ser un experto para darse cuenta; basta con prestar atención a cómo se siente el coche en esas bajadas empinadas cerca de Cabanas o en las rectas donde el viento lateral te empuja sin aviso. Para los que conducimos por Pontedeume a diario, cambiar neumáticos no es un capricho, es una necesidad que el paisaje y el clima nos recuerdan constantemente.
La profundidad del dibujo es otro tema que me obsesiona desde que un amigo me enseñó a medirlo con una moneda. Si meto un euro y el borde dorado queda a la vista, sé que estoy al límite. Aunque la ley dice 1,6 milímetros como mínimo, yo prefiero no apurar tanto. En estas carreteras, donde el agua se acumula en charcos invisibles y las curvas te sorprenden tras cada colina, un par de milímetros extra pueden ser la diferencia entre llegar a casa o acabar en una cuneta. Y no solo pienso en mí; mis hijos van atrás, y mi mujer me recuerda siempre que el coche es nuestra segunda casa. Así que, cuando toca, busco un taller de confianza en el pueblo y me aseguro de que los neumáticos nuevos estén a la altura de lo que estas rutas exigen.
Elegir bien también cuenta. No todos los neumáticos valen para lo nuestro. Aquí necesitamos algo que aguante la humedad constante y que no se rinda en las subidas empinadas del monte Breamo. Los de verano están bien para otros sitios, pero yo me decanto por los all-season o incluso los de invierno si el año pinta crudo. Hablar con los chicos del taller me ha ayudado a entender qué marcas resisten mejor el desgaste y cuáles dan ese agarre que siento en cada giro. Al final, no se trata solo de cambiar por cambiar, sino de adaptar el coche a cómo vivimos y conducimos en Pontedeume.
Pensar en el coste a veces me frena, lo admito. Pero luego recuerdo aquella vez que patiné en una rotonda y el corazón se me subió a la garganta. Desde entonces, lo veo como una inversión, no como un gasto. Los neumáticos buenos me dan tranquilidad, y eso no tiene precio cuando estás al volante en un día gris, con la carretera brillando por la lluvia y el mar rugiendo a lo lejos. Cambiarlos a tiempo es mi manera de cuidar de los míos y de seguir disfrutando de estas curvas que, aunque a veces asustan, son parte de lo que hace especial conducir por aquí.