Durante mucho tiempo pensé que cuando un diente dolía hasta resultar insoportable la única salida era extraerlo. Esa idea, bastante común, cambia por completo cuando conoces casos reales y entiendes qué significa someterse a un tratamiento de endodoncia en Ferrol bien realizado. La palabra en sí puede imponer respeto, pero cuando alguien te explica que se trata de limpiar por dentro lo que está infectado para conservar la pieza, la perspectiva cambia. Recuperar un diente en vez de perderlo es algo que se agradece mucho más cuando se entiende el proceso.
La necesidad de este tratamiento surge en situaciones en las que la caries no se ha detenido a tiempo o cuando una fractura expone el nervio. Las bacterias entran en el interior del diente, en lo que se conoce como la pulpa, y generan una infección que no se resuelve con antibióticos ni empastes superficiales. La inflamación puede llegar al hueso o a las encías, causando molestias intensas o molestias intermitentes que muchas personas intentan aguantar hasta que ya no hay opción.
El procedimiento no consiste en dejar un hueco muerto, como algunos creen, sino en eliminar por completo el tejido dañado, desinfectar el interior y sellarlo para evitar que la infección vuelva. El dentista accede a la cámara pulpar mediante una pequeña apertura y, con instrumentos específicos, limpia los conductos radiculares. Hoy en día se utilizan sistemas mecanizados que agilizan mucho este proceso y permiten llegar a rincones que antes requerían más tiempo y habilidad manual. La irrigación constante con soluciones desinfectantes asegura que no queden restos contaminados.
La anestesia local juega un papel fundamental porque permite que el paciente no sienta dolor durante el tratamiento. La diferencia entre el antes y el después es notoria, sobre todo en personas que llegaban con molestias agudas. La sensación de alivio tras eliminar la causa del dolor es muy contundente, y muchos se sorprenden al comprobar que el miedo que tenían era mayor que la incomodidad real del proceso.
La tecnología también influye en el resultado final. Las radiografías digitales y, en algunos casos, el uso de localizadores de ápices permiten identificar exactamente dónde termina cada conducto. Eso evita dejar zonas sin tratar y garantiza un sellado preciso. Una vez limpiados y conformados los conductos, se rellenan con un material biocompatible, normalmente gutapercha, que actúa como barrera frente a futuras infecciones.
Después de una endodoncia, el diente no se queda débil por naturaleza, pero sí puede necesitar una reconstrucción o una corona si la estructura visible estaba muy deteriorada. Lo importante es que la raíz se conserva y sigue cumpliendo su función de anclaje. Mantener el diente natural permite conservar la alineación de la dentadura, evitar que los dientes vecinos se desplacen y seguir masticando con normalidad sin recurrir a prótesis o extracciones innecesarias.
El estigma de este tratamiento muchas veces proviene del desconocimiento o de experiencias antiguas. Hoy, la intervención es mucho más rápida, controlada y segura. En algunas ocasiones se realiza en una sola sesión y, en otras, se divide en dos para asegurar que la desinfección es completa. El seguimiento posterior sirve para confirmar que el proceso de cicatrización evoluciona correctamente y que no hay signos de inflamación residual.
Algo que aprendí al pasar por una endodoncia es que evitarla por miedo suele empeorar el pronóstico. Cuanto antes se interviene, más posibilidades hay de conservar el diente sin complicaciones. Ignorar síntomas como sensibilidad al frío o al calor, molestias al masticar o inflamación de la encía puede llevar a infecciones más extensas que requieren cirugía o extracción. Y una extracción siempre implica considerar implantes o prótesis, con lo que el enfoque conservador cobra aún más sentido.
Volver a usar el diente sin dolor, sin molestias nocturnas y sin inflamación marca un antes y un después. Lo que parecía una amenaza irreversible se convierte en una recuperación casi inmediata en cuanto desaparece la presión de la infección. Dormir bien tras días de dolor intermitente, poder masticar por ambos lados y cepillar sin temor devuelve una normalidad que uno no valora hasta que la pierde.