La naturaleza, ese imán que sigue atrayéndonos

El ser humano tuvo su origen y evolucionó en la naturaleza. Las ciudades son algo que apareció ayer en la historia del hombre y por eso, incluso los que son sumamente urbanitas, necesitan de vez en cuando perderse en el campo. No son pocos los que creen que la naturaleza no es algo que vaya con ellos, pero cuando tienen la primera experiencia, sienten algo muy especial. Y es que la naturaleza continúa siendo un imán para nosotros.

Evidentemente, no todos los espacios naturales son iguales. Si tienes a un amigo que no es amante del aire libre y del campo y quieres llevarlo al lado luminoso de la vida, no puedes empezar por llevártelo a subir una montaña, porque seguramente lo abrumes y acabe renegando totalmente del tema. Pero hay planes que pueden conquistar al amante del asfalto más recalcitrante como, por ejemplo, un día en las Cíes.

Las islas Cíes son algo realmente especial y eso se percibe desde el minuto cero, cuando uno se sube al barco que conduce a este lugar. Ya la brisa, el olor del agua marina y los paisajes comienzan a sumergirte en una experiencia que comienza a adivinarse que puede ser única.

Una vez en la isla puedes acercarte al puesto de información turística Rías Baixas ya que hay diferentes planes que pueden llevarse a cabo, pero dos son la estrella: las rutas de senderismo y las playas. Comenzar por una ruta de senderismo puede ser ideal para irse sumergiendo en el encanto de la naturaleza. Hay diferentes rutas con diferentes niveles de dificultad. La más popular es la del Faro y, si bien es algo larga y un poco empinada en la última etapa, es asequible. Los paisajes, los olores, los pájaros… todos esos elementos acabarán embrujando incluso a quién solo está acostumbrado a caminar por centros comerciales. 

Y tras un buen paseo en el que puede haber una parada para comer un bocadillo y coger fuerzas con una siestita a la sombra, llega el momento de elegir playa para disfrutar de la segunda parte del día. Arenas doradas, aguas transparentes y paisajes de ensueño convencerán a cualquier urbanita de que esto es mucho mejor que la piscina de su barrio y, seguramente a esas alturas, ya ni siquiera le importará que el agua se note algo fría al principio. El espíritu de la naturaleza ya habrá tomado posesión de su cuerpo y el único problema será explicarle que ha llegado la hora de volver a la civilización.

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