Vivir en Vigo tiene la inmensa ventaja de tener a un paso algunas de las joyas más espectaculares de las Rías Baixas. Para mí, escapar del bullicio urbano y poner rumbo al sur por la carretera de la costa no es solo una rutina de fin de semana, sino una necesidad vital. Hace unos días, decidimos hacer exactamente eso. Metimos a Leo, nuestro incansable labrador color miel, en el coche, y junto a mi pareja, pusimos rumbo a uno de nuestros rincones favoritos: la histórica villa marinera de Baiona.
El primer impacto visual al llegar, por muchas veces que lo hayas visto, siempre sobrecoge. La Fortaleza de Monterreal se alza imponente en su península, abrazando la bahía como un gigante de piedra. Nuestra primera parada fue recorrer el Paseo de Monte Boi, el sendero peatonal que bordea la base de la muralla por el exterior. Es un trayecto de unos dos kilómetros donde el Atlántico rompe con fuerza contra las rocas. Caminar bajo la sombra de los pinos, sintiendo la brisa marina y viendo a Leo olfatear cada rincón de la ruta, es la mejor manera de desconectar de las pantallas y reconectar con el entorno.
Al adentrarnos en el corazón de Baiona descubrimos lugares de ver en Baiona y alrededores, el peso de la historia se nota en el ambiente. En el puerto descansa la réplica de la carabela Pinta, un recordatorio flotante de que esta localidad fue el primer puerto de Europa en escuchar la noticia del Descubrimiento de América en 1493. Dejando el mar a nuestra espalda, nos sumergimos en las callejuelas empedradas del Casco Vello. Su entramado de soportales, casonas blasonadas y típicas galerías acristaladas invita a perderse sin prisa y, por supuesto, a parar en alguna de sus tascas para disfrutar de la gastronomía local.
Antes de abandonar el núcleo urbano, subimos hacia el monte de Sansón para visitar a la Virgen de la Roca. Esta colosal escultura de granito, obra del arquitecto Antonio Palacios, es un mirador excepcional. Ascender por la pequeña escalera de caracol de su interior hasta el mirador en forma de barca que sostiene en su mano te regala una panorámica inigualable de la ría, con la inconfundible silueta de las Islas Cíes custodiando el horizonte.
Pero una ruta por esta zona exige explorar sus alrededores. Condujimos por la serpenteante y abrupta carretera costera hacia el sur. Nuestra primera parada extramuros fue el Faro de Cabo Silleiro, levantado sobre los acantilados en un punto donde el océano muestra su cara más fiera. Siguiendo esa misma ruta en dirección a A Guarda, la costa se vuelve más salvaje hasta llegar al Monasterio de Santa María de Oia, un cenobio cisterciense del siglo XII que se erige majestuoso a pie de playa, desafiando a las olas.
Baiona y su entorno no son solo una postal turística veraniega. Son historia viva, paisajes esculpidos por el salitre y un refugio perfecto. Mientras volvíamos a casa con la caída del sol, supe que no tardaríamos mucho en volver a dejarnos caer por allí.